Daba pena retirarse a la alcoba. Los dos podían tener paciencia para siempre en la terraza del mundo.

Algunas noches, la luna, se nublaba de vez en cuando y eso daba al paisaje el movimiento de un juego de dados y unas veces—en la obscuridad—echaba los dados en el cubilete, y otras veces los desparramaba sobre las praderas del paisaje.

Palmyra seguía el celo violento de los gatos, asustada como de una tormenta. Percibía en aquellas noches el fondo de crueldad y rabia que hay en el amor.

Dominaban los gatos al mar cuyo ruido de ola parece que está llenando siempre el baño inmenso, cuyas torneras se han olvidado de cerrar.

Los gatos llenaban de llanto de niño aquellas noches. Parecía que el camino estaba lleno de niños arrojados al arroyo.

«¡Queja humana! También procedemos del gato»—pensaba ella.

De pronto salían escapados los dos gatos y se quedaban retorcidos y echados en los tejados lejanos, el gato con la zarpa en la cabeza de la gata.

Impresionados recónditamente por aquel concierto y sobre todo por el silencio que lo acababa, se iban a la cama como víctimas de la fatalidad de las cavernas.

XXV
EL COCHE DESBOCADO

Habían salido en su «milord» como dos convalecientes de una soledad de muchos días.