—Aquí tardará en llover—dijo él—, el mar atrae la lluvia como un beso que pide y el cielo tiene que otorgarle.

Las noches tenían monotonía de travesía. El marino fumaba en su camarote aunque estuviese con Palmyra. El puro estaba lleno de nostalgias cubanas.

Miraba displicente las cosas como mosca de sus marcos. Displicentemente tomaba del musiquero las novelas cortas de la música, con sus portadas novelescas e iba dejándolas como si supusiese lo que decían sus letras de ojos cerrados.

El mar desrizaba sus olas ruidosamente, con más rigidez que por el día.

Ella flotaba en la noche con sus ojos suspensos en lo vago.

Respiraban solos aquellos dos ojos en aquel cuerpo y sabían sus deberes de castellana como nada.

Era medicina de amor la que aplicaba a sus amantes y sólo quería que se explicasen que no hay más que calmantes en el mundo, aunque aspirando a otra cosa se pase de un amor a otro.

Los dos ojos serenos y colgados como lámparas de los techos de su palacio presenciaban la eterna escena de las probaturas.

Las noches de luna eran las únicas que le divertían como si hubiese cinematógrafo en el gran casino.

En las noches de luna parecía que el mar se había echado su colcha de matrimonio, su colcha de boda con la luna.