—La espada flamígera del agua—aclaraba él.

Después se entraban en la Quinta que tenía calor propio, olor a maderas finas y el último perfume a flor de los bosques antiguos.

Otros días llovía y no salía. Gozaban de la lluvia que en una definición hecha de los placeres del castillo por el señor castellano, ocupa su número de orden entre los placeres: «Ver llover.»

Palmyra, aun dentro de su traje de terciopelo, iba sacando su hombro como si se bañase en la habitación.

Palmyra, como siempre, estaba empeñada en calentar toda la casa.

—Esta habitación no la hemos calentado aún... Ven aquí conmigo—y le llevaba a la habitación de los cuadros japoneses en que el dragón acaba por ser un animal vivo, cinematográfico, que llega a moverse.

En aquellas tardes de lluvia, se sentía deseoso del viaje por mar, pues se huye antes de la lluvia y se arriba a golfos y bahías en que el arco iris se ha tumbado.

Los cristales antiguos, imponían un dibujo de «moire» a lo que se veía fuera.

De un lado, el mar impasible y del otro, cualquier injusticia que viniese de los hombres y que en aquel castillo les heriría por la espalda.

—Mira, llueve en el mar—le decía ella señalando la lejana siembra desigual de la lluvia.