Lo que en el jardín había de vegetación tropical, le embargaba y le tentaba con la otra orilla.

Los bananeros con sus grandes hojas rotas, parecían árboles de mangas con chorreras.

Ella le buscaba por el jardín con gesto que se esclarecía en los rincones más umbrosos, un gesto como de madre que ha perdido a su hijo.

El compadecía en ella su gran belleza y aquella cosa que tenía de loca, sobre todo los días que se había lavado la cabeza y llevaba el pelo colgante.

Palmyra buscaba candilitos, esas flores que buscan a los gnomos antiguos.

Hacía gárgaras la tarde con los barrenos. Toda aquella piedra arrancada sufría la dentición de lo que ha de vivir y ser civilizado. El marino, por hacer algo, regaba.

Jugaba a dibujar la palmera de agua junto a las palmeras verdes, mezclando sus arcos. Era aquel arco de agua una caricia que la palmera agradecía.

Los relojes del último ocaso europeo entregaban su hora en el calvario supremo.

Al ver Palmyra al marino, con una mano en el bolsillo y en la otra la manga de riego, le decía:

—Pareces un almirante dando órdenes con tu espada de agua.