Pinchaban a la tarde los cactus y las plantas de lengua gorda—esas plantas que gustan de la vera mar y de los climas buenos—querían hablar.

Los cañaverales imitaban a los maizales, pero entre ellos se destacaban los bambús, todos deseosos de pescar, todos ilusionados con el día ideal en que pudiesen despedir su anzuelo lejos.

Las palmeras pintaban optimista verdura en el cielo con sus brochas abiertas y también eran como abanicos de la reina entronizada en la tarde.

Echaba de menos esos bailes de los barcos en que el marino vive en plena novela de «Magazine».

Su cansancio de viaje, el terrible cansancio que le había llevado allí, ya se había acabado y sentía la nostalgia de volverlo a sufrir.

Ella le encantaba, ¿pero hasta cuándo duraría su maceración? Hubiera deseado, sí, saber todo el placer de aquella mujer y dejarla sólo la concha vacía, henchida nada más que por el eco del placer que contuvo.

Pero su más viva nostalgia la sentía en aquel rincón del jardín en que estaba la barca naufragada, la barca caída del revés como uno de esos animales que no pueden levantarse cuando caen así.

Aquella barca que alguna vez fué recreo de Palmyra para pescar el calamar o gozar un día de muy buen mar, era en la Quinta, algo alejada del mar, como bote salvavidas por si llegaba el segundo diluvio universal.

El marino sentía todos los comezones frente a aquella barca tirada, en la que estaba por meterse como en su hamaca de jardín.

«Aquí se conserva la vida como si fuese la muerte. En este marasmo no se diferencia nada la muerte de la vida. La vida es para perderla, para jugarla, no sólo para navegar con ella», pensaba Buonaventura.