Los árboles, en su mayoría de hoja permanente, brindaban su primavera invernal.

El marino paseaba por el jardín como presidiario que fragua una fuga.

Se escondía detrás de los árboles y miraba por entre sus verdes dedos entreabiertos, a alguien que le podía vigilar, que podía venir a intervenir en sus pensamientos.

Tenía la voluntariosa manía de llevar las manos en los bolsillos de la americana de botones dorados, con gesto intemperante y decidido a algo, a no se sabía qué.

En el jardín abrían sus bostezos los cocodrilos de la soledad.

El buscaba a través de las enramadas la orquesta del jardín, ese sitio en que se congrega la gente en los parques zoológicos, cuyo silencio es angustioso fuera de esa única plazoleta.

Aquella cosa de estar metido en una botella verde la sentía cuando anochecía dentro del bosque.

La botella verde del paisaje, come botella de sidra en los parajes asturianos, le encerraba en su verdosidad.

«Soy un corcho en una botella verde», pensó un día, y desde entonces sintió la angustia de los corchos que han podido entrar, pero que no podrán salir.

¡Con qué empuje saltaba en el fondo de la botella obscura y tristona!