¡Dedos viciosos los de la arpista!
—Ahora quiero más tus manos—la decía él después de verla tocar el arpa, como si notase en su mano la desproporción del dedo amenazador.
Palmyra se curaba a sí misma la soledad y se consolaba porque aquel hombre tenía trazas de ir a estar siempre.
Iba descubriendo en él al remolón, al hombre cómodo y enervado, cualidades que no la importaban con tal de que representase por mucho tiempo al ser complementario, que en sus ausencias buscaba desatentada por los pasillos de la noche.
El no recataba su comodidad:
«Aquí orino más», se decía con gran placidez, dando una gran importancia a ese hecho dichoso que parecía despejar su naturaleza de residuos insanos, de esa cargazón que corrompe, de esos venenos que obran en el interior del ser.
Todo el día plácido de la Quinta parecía pasar por él como un licor fino, de esos que son tan cordiales y reponedores.
Dormía copiosamente y le indignaban aquellos montantes en forma de abanico por los que entraba una ducha de luz terrible.
—¡No, que no abran! ¡Que no abran!—gritaba el hombre cómodo cuando sentía a la doncella de la mañana.