Sonaba la trompa de los barcos. Los elefantes artificiales levantaban sobre el mar el arco de su trompa.

Por llenar aquellas tardes interminables en que el marino, echado en el diván, fumaba y miraba a lo lejos, buscaba su arpa Palmyra.

Eso despertaba en él su adoración violenta de temerario adorador de las sirenas.

Junto al arpa se convertía Palmyra en nave de sí misma, izándose sobre su cabeza la vela lírica.

El marino sentía celos en medio de su adoración, como si contemplase los abrazos de un amor mayor. Gracias que ante el safismo, que era tocar el arpa, mitigaba sus celos la voluptuosidad de poder presenciar a la lesbiana.

Así como Júpiter encarnó en el cisne, Orfeo ha encarnado en el arpa para yacer con las mujeres.

Tejedora—primera imagen en la creación del arpa—del fino tapiz musical, que es como cortinal de los soles misteriosos. Palmyra se abrazaba a su arpa como a la amiga de sus desengaños, a la última, a la que se inclina sobre el pecho, gravitando con pesadez sobre él.

El cetro de oro del arpa vivía en el arrebato de la arpista. Era cetro descomunal con dotaciones litúrgicas.

En el revés de las cuerdas del arpa, se veía la mano de Palmyra como pájaro que buscaba su libertad, picoteando en los barrotes de la jaula. La escena de las dos manos por este contraste de la prisión, era escena de macho y hembra ansiosos, el uno a un lado y el otro al otro de la jaula.

¡Mano presa del otro lado de la lluvia y la distancia!