—Me gusta pasar por entre las cortinas de dos hojas—solía decir—, porque eso tiene una cosa de teatro... Unas veces salgo a debutar y otras a recoger los aplausos.

Entraban las tardes por el balcón con una humedad exquisita.

—Es una humedad de encaje—dijo Palmyra una tarde.

—Hoy tiene una humedad de macizos de pensamientos. Huele a las pestañas moradas de los pensamientos...—dijo Palmyra otra tarde.

El viento tachaba más sus palabras y las ensordecía más.

El viento, siempre asustante, siempre yendo a romperlo todo y siempre no rompiendo nada.

Se entregaba a su broma eterna de coger a los árboles por la cintura y hacer como que va a correr con ellos.

Merece que no se le haga caso. Como la ventana no esté abierta y se libre del portazo, no puede con el cristal.

A otros árboles los cogía por el pelo y parecía que los iba a arrancar.

El mar resultaba como más cercano y embravecido con la presencia del marino. Era como la fiera junto al domador, gruñendo en el cajón del circo.