Tenía una máquina de fotografía y la pleitesía a Palmyra, su mayor rasgo de galantería, era hacerla fotografías y fotografías.
El no decía más que de vez en cuando: «yo que soy un hombre» o «yo que soy un hombre de hierro». ¡Cuán poca cosa!
El invierno, que avanzaba, le iba dejando más en cuadro, más desmontado, más sórdido.
Los días grises le quitaban todo brillo y todo ingenio.
La glándula que conmueve el día gris seguía inundando en grisuras el lago de su espíritu.
Las frases de Palmyra quedaban caídas en las alfombras, como pendientes que nadie recoge:
—Los días grises me envuelven en nubes—decía ella y él no comprendía qué debía contestarla—. «¡Qué bien te sientan!», ya que era obligada esa galantería en aquella soledad en que sólo lucían para él los ojos de ella.
Los ocasos morían sin responso.
Los cristales solos, miraban al ocaso como esas menorcitas del Brasil que miran con frenéticos ojos de escarabajo dorado a los hombres con grandes barbas.
Palmyra, abriendo las cortinas, como si abriese las tapas de una encuadernación, corría a ver el último momento del día: