Palmyra encontraba la rareza de aquel hombre, que no creía que hay que dar algunas explicaciones y aclarar lo que se piensa.
Abundaba en pensamientos de viaje:
—Ya ves que estamos sentados, pues recorremos kilómetros, y kilómetros sobre el terráqueo que se mueve.
Ella le contestaba con incongruencia para distraerle:
—Los pinos hacen el día de un verde escarchado.
* * *
Andaba solo, desasosegado por el jardín:
—He estado sentado toda la tarde en un banco... He podido hacer un viaje largo... Por lo menos me hubiera encontrado en otro sitio al final de esas cuatro o cinco horas.
—¡Muy bonito!—le contestaba ella reconviniéndole.
—Mujer... Contando con que tú fueses también en el tren.