—No me gusta que cantes... Las mujeres cantando se quedan en camisa... Y si es largo el canto, con los senos desnudos sobre el descote de la camisa.

Como el capitán Buonaventura tenía algo de centauro, cuando daba con él los paseos a caballo, parecía volver huída de él, como enemigos, como después de la batalla sentimental.

Los caballos volvían también como muy serios el uno con el otro. Ella y él esperaban entrar en casa para decirse la verdad de un desamor al que no le basta montar a caballo.

Palmyra se quedaba pequeña al lado de su caballo y él la miraba como a espolique pueril. Tardaba en bajar de su cabalgadura para subrayar más el contraste.

También salían de paseo en el milord. El marino apenas hablaba. Ella deseaba volver, y al llegar frente a la Quinta se entregaba a delirios de efusión:

—Es nuestro aliento el que sale por las chimeneas... Está tan unida la casa a mí que hasta me parece que me esperan en todas las ventanas niños de pecho, criaturas mías que esperan que yo las dé teta.

—Ni que fueras una vaca de cien ubres—respondía el rudo marino sin acabar de comprender aquel simil que henchía una sola maternidad.

Palmyra no encontraba el alma de aquel hombre. A veces la parecía que sólo se revelaba en aquellos ratos misteriosos en que se encerraba echando el pestillo de su despacho. ¿Qué ocultaba aquel hombre?

Era bueno, melancólico y cariñoso, ¿pero qué escondía que no quería que ella viese? ¿Por qué se escondía en la habitación cerrada para no se sabía qué? Su camiseta era como un coselete de acero del que no se despojó nunca. Llevaba algo muy forrado en el pecho:

—Es para que no me dé frío...