Ya la había chocado aquella conspiración de hombres solos. Las lámparas de gas tenían aún la cofia antigua, la media pantalla de porcelana almidonada con el vuelillo rizado.

De pronto entró en la cervecería un marino que parecía llegar a una habitación querida de la que no se había podido olvidar, en busca de lo que estaba sobre la gentuza que pudiese estar congregada en su recinto.

Palmyra lo vió llegar y sintió el vuelco del corazón, que parece abrumar de sangre a la criatura que ataca.

El marino traía los galones circunflejos del mar, galones más graves que los de tierra.

No había visto a los que ocupaban su rincón, pero por fin bajó la vista y se encontró con una mujer entre aquel humo y aquella betuminosidad que parecía salir de la cerveza negra. Sin pensarlo más se sentó en la mesa de al lado, cerrando el callejón que los separaba apenas y que había medido y ceñido los muslos de Palmyra al entrar.

¿Pero para qué seguir el rumbo de esta nueva aventura? Ya Palmyra la pobre, llevada de su desasosiego, está resultando la mujer fácil.

Ya nos repugna un poco seguir sus aventuras. Veremos si aparece sola o acompañada en la visita que, después de dejarla vivir un mes sola, vamos a hacerla en la Quinta.

XXIII
EL HOMBRE CÓMODO

En vez de anclarse con su reloj en la Quinta se había establecido con su brújula aquel marino en vacaciones. La inquieta brújula, colocada siempre sobre su mesa de despacho, parecía orientar la Quinta. Señalaba el Norte con temblor del cielo y del infierno, como con temor de la incertidumbre de la tierra.

Era raro aquel hombre. Parecía pensar en otra cosa, ir navegando sin importarte nada la vida y, sin embargo, era atrozmente celoso. No la dejaba siquiera cantar en aquellos tés que daba Palmyra de vez en cuando.