Tenía que pasar por delante de sus balcones para verla al pasar.
Estaba en las buenas tardes de Lisboa con un lazo de papel de seda a la cabeza como gran reclamo de su belleza, como bagatela de feria, como papel de recambio en el vasar de todos los días, y a la hora certera a que ella pasaba tenía en brazos un niño de pecho que hacía juego con un monito de la especie más pequeña.
Se establecía una armonía tan deliciosa y artificial entre el mono, el niño y la mujer saltimbántica y funambúlica del lazo de papel de seda en la cabeza, que el corazón de Palmyra quedaba muy conmovido.
En Lisboa comenzó a vagar por las calles cuando tuvo el pretexto de su kilo de café. Con él en la mano se la ocurrió pensar: «Aquí, donde todo el mundo lleva un paquete o un maletín en la mano, ¿cómo detener a los «bombistas» antes de que cometan su atentado?»
Esos viejos de Lisboa, que parecen caracterizados de viejos antiquísimos, la decían flores al pasar, las largas flores como verónicas de larga duración.
Debía notársela aquella mañana el bufido de su ansia, porque los hombres que iban delante de ella la veían por los ojos del cogote y la esperaban.
Tan acosada se vió, que tuvo que meterse en un café, en ese cualquier café del destino que no se ha elegido.
—Café—pidió Palmyra.
—No hay café, sólo cerveza—dijo el camarero.
Palmyra no gustaba de la cerveza, pero en aquel día de sed soportaría el amargor espumoso.