«Ven ustedes este pañuelo con el que doy un latigazo en el aire... pues ya no lo ven ustedes.»
...Y este otro...
...Y este otro...
...Y este más...
Hasta que se perdió aquella imagen en la imaginación.
Generalmente no iba a Lisboa más que cuando se la acababa el café. Ese día se vestía de seda o de terciopelo.
«El café bueno—se decía ella axiomáticamente—mantiene al amante.»
Como una castidad para los viajes, ella que no lo necesitaba se ponía velo, un tupido velo de motas. Entraba en aquellos trenes de destino corto como viajera del transiberiano.
Tomaba tan en serio el amor que dejaba en la Quinta, que no participaba de la infidelidad del tren. Se embarcaba en los barcos que vogaban en el mar adláteres al tren, para huir de las miradas y todo el viaje permanecía mirándoles.
En Lisboa lo que más la obsesionaba, lo que marcaba para ella la sensación de haber llegado, era una mujer pálida que se asomaba en esos balcones que tienen la obligación de tener las persianas en forma de toldo con la visera inclinada hacia la calle, visera a la que a veces se la hacía sobresalir tanto que mostraba mejor el interior de la casa llena de estores como enaguas lujosas y almidonadas.