Palmyra se sentó al piano, pero no abrió su caja. Se quedó apoyada en el brillante seno duro en que guarda sus teclas.
Se veía un poco en el espejo brillante de su tapa, en esa negra perspectiva en que está la inspiración.
La inquietud del amor la poseía, pero la agravaron hasta el dolor y el desengaño los candelabros del piano abiertos hacia ella, como queriéndola abrazar, con intención escabrosa en su gesto.
Inquieta por aquella imagen involuntaria, Palmyra pensó en irse a Lisboa para huir de la Quinta, encharcada por los primeros días de otoño.
Se vistió y se hizo conducir a la estación lejana. Pasaría la noche en el Gran Hotel de Lisboa. Tenía miedo a Lisboa, pero la atraía. Para una mujer sola tenía muchos peligros.
Ultimamente, desde un balcón del hotel, habían tirado a la calle a una extranjera, que después de caer sobre los hilos telefónicos, que la sostuvieron un momento en la falsilla de sus líneas paralelas, cayó a la calle y se mató.
También era de aquellos días la noticia de un individuo que después de engañar a una joven, la había cortado los pechos, que se encontraron en medio de la calle envueltos en un papel.
Y el hombre del mak-ferland del Alentejo—largo sobretodo gris guarnecido de pieles de raposa—que dejaba muy malheridas y sin habla a las mujeres, también andaba por Lisboa en aquella ocasión.
Con todo, tomó el tren a la capital.
El trenecito iba dejando a su paso pañuelos de seda de humo que el aire de la tarde limpísima sacudía un momento y hacía desaparecer como los prestidigitadores.