Se sentía sola en medio de las aguas negras del olvido.
La mujer ve en el amor una cuestión de larga e incansable asiduidad.
Necesita el duradero encuentro. Que no se vaya el que ha de responder a su voz. Que detrás de las cortinas haya alguien. Que un ser animado reciba el beso que de pronto florece en los labios.
La sensibilidad no se puede saciar. Se la provoca, se la acaricia, se la calma, pero nada más. Sólo se la saciaría si alguna caricia quedase dotada de eternidad.
No se encontraba a sí misma si no la contorneaban unas manos complacientes. Necesitaba ese vals lento que el amante la sacaba a bailar, en ese momento en que se está de pie y se recibe el apretujón del reconocimiento, algo así como el desperezo del uno en el otro, ese rasgo humano por el que espera junto al árbol o el farol, hay un momento en que los abraza.
Palmyra no creía ya casi en el amor, pero creía en sus roces y en las chispas inevitables que hace brotar.
La faltaba eso y por esa causa andaba incierta por el palacio.
Un barco entraba a lo lejos, con su diadema de camarotes.
Se sentían las miradas complacidas de los que deseaban tierra. Se presenciaba cómo las mujeres de pie en sus cabinas se daban el último borlazo de polvos y los caballeros se peinaban su liso peinado con un peinecito de bolsillo.
Aquel relucimiento de cubierta que podía observarse, parecía causado por innumerables espejitos de mano alertas al desembarco.