La enredadera, que como una instalación de flores unidos por eléctrico hilo, trepaba y subía por la pared de aquel lado, la envolvía en una celosía confidencial.

La enredadera creaba en la Quinta una dulce comunicación con la tierra.

La esperanza de la tierra era dulcificada por la enredadera que trepaba hasta los últimos balcones.

La tierra hacía una caricia a la Quinta a la luz del día y su abrazo era envolvente y apasionado. La abrazaba por encima de sus altos hombros con sus largos brazos.

«¡Y quieren que deje mi Quinta envuelta en la enredadera que no me olvidaría!»

Arraigaba la casa y la prendía más que sus amores y sus cimientos, la enredadera trepadora.

«Después de todo lo que yo quiero hallar dentro del palacio, es copia de lo que sucede fuera con las enredaderas... Es el tierno abrazo de alguien.»

Se veía el mar, aquel mar de la rinconada en cuyas veredas había crecido yerba por falta de circulación de barcos.

Gran charco inútil, zumbaba como un idiota contra la costa, con manoteo de meníngico.

Estaba despechada con el mar porque le achacaba aquella resaca especial que se llevaba a sus amantes.