Félix se quedó pálido. Quizás ninguna mujer le había sabido insultar mejor. Le aturdió el insulto como esos codazos que se dan al piano y que desarmonizan todo el espacio, y dirigiéndose a su alcoba, hizo la maleta rápida del huésped que ha reñido con la hostelera.
XXII
LOS CANDELABROS DEL PIANO, EL VIAJE A LISBOA Y EL MARINO
Se veía el pinar desde lo alto del palacio, con todas las copas unidas como formando una suave cabellera por la que se sentían ganas de pasar la mano cariciosamente.
En el fondo de su alcoba Palmyra les enseñaba a los árboles todo, sin que la importase lo que pudieran ver con los ojos de sus nidos.
Después de ataviarse, salía a las otras habitaciones y echaba colchas sobre todas las cosas. Era una manía suya arropar con tapetes todos los muebles.
Otra vez había vuelto a su silencio, a ese silencio que en Portugal es mayor que en todo el mundo. Otra vez había vuelto a fundirse en los cielos, aprovechando esa mayor difusión y efusión entre la tierra y el cielo que también caracteriza a Portugal.
Palmyra se paseaba ociosa por las grandes habitaciones, todas como camas inútiles.
Era una ilusión la Quinta.
Los antiguos moradores habían amontonado allí muebles suntuosos, dorados, laqueados, incrustados de alegre lapizlazuli y de onix con sus alternativas claridades y obscuridades, pero nada les había valido para la defensa. El espejo más grande del mundo encuadrado en el marco más churrigueresco y enramado del universo, anegaba aquella naturaleza que se movería siempre un poco perlática en la empinada laguna del espejo.
Ansiosa de salir de la mentira del espejo, se asomó a aquella ventana con cierre de guillotina que la convertía en María Antonieta despidiéndose del mundo.