Se seguía oyendo el timbrazo de esa clase especial de cigarras lusitanas, cigarras sin la sequedad de las castellanas, cigarras de pila húmeda que surgen en los otoños como si en los timbres de la naturaleza se diese un contacto interminable, o bien el dedo de Dios llamase al hombre bueno o el cinematógrafo de la noche anunciase su apertura.

El caso es que ese timbreante nerviosismo de la naturaleza era como un vivero de timbres esparcidos, musgosos y saudosos en medio de su crispadora unanimidad.

—No se puede hacer música en esta Quinta con ese chicharreo... A esta hora, que es la mejor para hacer música, comienzan todas las tardes... Me acuerdo de unos conciertos que di en un rincón de América en un teatro dotado de infernales timbres para el reclamo... Pero cuando yo comenzaba el concierto, callaban como por encanto... ¡Pero éstos!...

Cada vez le resultaba más insoportable al gran pianista aquella grillería inacabable como césped fecundo de la tierra, como multitud de escarabajos engordados por el térmico otoño.

¡Y que no se podía extirpar el retoñeo silvestre! No era cosa de buscar en un rincón al animal impertinente. Habría que arrasar aquello.

—No puedo continuar en medio de esta naturaleza tan descuidada y como con liendres... Te voy a decir la verdad... Yo volveré, pero necesito irme...

Palmyra se quedó del color de los recién operados. No esperaba que sucediese tan pronto y fuese tan cínico aquel desenlace.

—Bien, me parece bien, pianista ingrato; pero te has de ir antes de que llegue la noche cerrada...

—No creí que te ibas a picar tanto, querida patrona.

—Eres como un intérprete de hotel... Los unos interpretan las palabras de los demás, tú la música... Por eso no contesto como debiera a que me hayas llamado patrona.