—Eres una hiperestésica... En Portugal, todas sois hiperestésicas.
—Si no se es hiperestésico, no vale vivir... Comprendo que no se debe tomar ninguna droga para fomentar la hiperestesia, pero si se es lealmente no hay por qué dejarlo de ser.
Félix no contestó.
Aun estando tan necesitado de ruptura, le doblegaba la tarde diáfana.
Había fundidos en aquel ocaso muchos arcoiris, como en una de esas natillas en que se echa una docena de huevos.
Ya en su final el sol buscó una nube para celebrar púdicamente sus misterios detrás del iconostasio.
Parecía no querer que se le viese morir en el último momento cuando ya no conocía a nadie y era inútil quererle retener.
Las chicharras del atardecer comenzaban a sonar. Félix se indignó.
—¡Ah! Que nos hayan tocado esas chicharras al lado del balcón es como si tuviésemos encima un despertador descompuesto, de esos en que suena el timbre a todas horas sin parar... Y que no tiene remedio... No hay relojero a quien llamar.
Las chicharras no descansaban, sonando como un timbre cuyo botón se ha metido dentro del llamador y del que no hay quien separe las lengüetas contrarias apretadas en encarnizado contacto.