Pasó un automóvil.
Iba llenando el camino de las ratas quejosas de los bocinazos.
Tenían aquella tarde los pinos redondos de la quinta vecina el retoque de haber sido tratados por el peluquero de los pinos, que tan bien les sabe hacer la cabeza.
En la diafanidad de la tarde se percibía que tenían en sus cabelleras encrespadas ruido de mar.
¿Quién pastorea los pinos? Los pinos se pastorean a sí mismos. Son su propio rebaño y sus propios pastores.
Seguían poniendo en su vida la austeridad y recomendándosela. Eran las pestañas de su paisaje.
Ellos la contenían en su valle y ponían la orla que necesitaba su vida, cada vez más abandonada.
¿No podían representar lo varonil en su vida, lo varonil quieto y firme?
Ya en el atardecer, vieron cómo en el marco de una lejana puerta se encendía la primera fogata de las cocinas.
—Siempre creo que son un incendio que nace esos fuegos de las cocinas... Tienen un color tal de gasa de fuego las llamas a esta hora, que me sobresaltan el ánimo...