La verdad silenciosa y saudosa de Portugal, se sentía en aquel camino acaracolado entre árboles con musgo y liquen en sus troncos, con algo de los primitivos apóstoles del mundo.

Los chalets de los muertos inmortales parecían ser aquellos que les salían al paso y de cuyas ventanas colgaban las macetas de corcho.

La inconsciencia del vivir se refugiaba y resultaba espléndida bajo aquella luz de tarde feliz.

Iban por el camino, por el que ya nadie vuelve a encontrar al que busca. Se oía un coche que iba delante de ellos y nunca se le encontraba ni se le veía al final del camino.

Palmyra, con su credulidad apasionada, iba señalando con besos cada grado de la espiral.

El marino, que se sentía atónito como si el coche fuese a recular hacia atrás sin que el freno valiese de nada, se dejaba querer. Fumaba en su larga pipa blanca el cigarro cínico que se fuma en la punta de una pipa larga y recta. Hombre que despega así el cigarro de sí, también despega a la mujer de sus abrazos.

Plantas obscuras, follajes desconocidos y anónimos vivían su más pura virginidad, veían de puro obscurecidos que estaban como ven las máquinas fotográficas.

El cochero se transfiguraba en aquellas alturas y parecía un ser alado sentado en un pescante de alto tejado.

Las plantas pendolares ponían colgaduras en el paisaje, cabelleras tendidas, cascadas verdes.

Algún ciprés en la ladera era perpendicular, que daba ejemplo a los otros árboles.