En cuanto se daba una vuelta se sostenía más el paisaje sobre el abismo.

Se oían hilos de agua, saltos de agua en que se sentía la frescura de los berros y hasta se saboreaban.

—También tuvo rareza el gran señor ruso para hacer aquí su palacio—dijo el marino.

—Sitio ideal—dijo Palmyra—. Si yo pudiese trasladar aquí la Quinta, la trasladaba.

—No te comprendo—repitió Buonaventura, lanzando aquella frase bárbara que la dejaba sola, que tantas veces había desolado su espíritu.

Por fin se vió el palacio ruso, con su tipo entre capilla bizantina y casa antañona.

«¡Qué sorpresa la del señor ruso cuando después de haber visto subir a la última carreta con los últimos muebles, tuvo que abandonarlo todo muriendo!»

Aún bordearon los caminos espirales como con los caballos andando de pie por la empinada cuesta; los brazos delanteros nadando en alto sobre el aire.

Por fin llegaron a la puerta encerrojada por las hierbas.

Abrieron y toparon con aquella primera plazoleta rodeada de una balaustrada con dos jarrones llenos de agua. El marino, dijo: