—El agua de los jarrones sí que es agua bendita. Yo las únicas veces que me persigno es cuando encuentro una de esas pilillas de agua de Dios, del agua conservada desde el diluvio en los frescos tazones.

Después recorrieron un largo camino.

El coche había quedado lejos del palacio, a la entrada de sus aledaños llenos de árboles musgosos y con hojas blancas, hojas como las fichas de nácar que atesoran las cajas japonesas de tresillo.

Un criado, vestido con un triste pijama de domador, les fué enseñando aquel magnífico palacio que un ruso nostálgico de todas las Rusias se había hecho construir en el ideal Portugal.

Había habitaciones bizantinas como vestidas de torero.

Los íconos lucían su gesto momificado y los monstruos y dragones eran ya las quimeras con que el imperio chino apuntaba su influencia.

—La sala de los zares—decía el guía—hecha a imitación de la llamada del «pequeño trono», en el palacio episcopal de Moscú.

Todo sabía a facsímil húmedo del poder lejano. Como las patatas almacenadas en sitio poco a propósito todo aquello sabía a humedad y había echado tallo.

¡Cómo se habían abrigado en la lejanía de sus todas las Rusias con tapices, muebles y alfombras!

En la tarde de blandura portuguesa habían querido congregar la Rusia tan adornada y tan recargada, quizás para vencer al frío.