Resultaba chocante todo en aquel ambiente y tenía ferocidades de adorno, algo que hacía dañoso el sosiego del paisaje.
—Yo no hubiera vivido en casa tan alhajada—decía Palmyra.
—Comprendo que se muriesen en seguida sus dueños bajo el peso de tantos adornos y recuerdos...
—¡Ah!—decía respirando y abriendo los balcones que daban al luminoso paisaje—¡Ah! Pero tenían los balcones...
El marino iba detrás de ella con paso de marino que, por verlo todo, entra a ver las cosas artísticas en los puertos a que llega, paso del que ve de prisa y apenas se entera, paso del que recuerda Constantinopla a cada paso.
Anocheció en el vasto comedor del palacio ruso, donde se sentaron a descansar, y en el que Palmyra, con escándalo del guía, dió a la espita del samovar vacío, acercándole una taza de china en actitud de ordeñar a la enorme tetera.
Ya de noche, emprendieron el camino del regreso.
El iba con la pipa encendida y repanchingado en su asiento como en un barco. Ella iba inquieta y no encontraba asiento en el coche.
El fresco de la noche hacía desear envolverse en chales y gabardinas que no tenían a mano.