—No quiero langostas de criadero, como no me pondría perlas si supiese que eran de criadero—dijo Palmyra.

—Los troncos cortados en el bosque sueñan con ser navíos—volvió a decir ella para romper el largo silencio.

El imitó un murmullo de aprobación. No comprendía aquella noche la emoción que repartía la luna.

Palmyra seguía hablando sola y con medias frases decía: «o mar na praia chora»... «as fontes da sombra...» «minha janela estará aberta»... «sombrias borboletas»... «pombas doloridas da noite»... «os vinhedos en repouso»...

En los vericuetos portugueses es donde queda un eco del tiempo antiguo, las últimas ráfagas del pasado como gallinas vivas del tiempo antiguo que se entretienen en su última plazoleta de árboles, en cualquiera de esas plazoletas que nadie trazó y que son su refugio.

Esas gallinas vivaces como horas redivivas picotean el presente y lo dan solemnidades infinitas, escondiéndose bajo los árboles bajos cuando se piensa en eso.

Los sándalos—llamémosles así—daban su perfecto olor a sándalo. El abanico de la noche les era acercado a la nariz con ese gesto tan desenvuelto de la damisela que pone el suyo bajo la nariz del caballero que busca un perfume que al fin encuentra.

Una flor india, con emanaciones azafranadas, sazonaba el paisaje como el «curaré» sazona los arroces.

Los caballos que no estaban acostumbrados a aquella hora y que sentían lo que de navegación tiene el camino de la vera mar, iban respingosos, con miedos súbitos de criaturas infantiles.

Las cuestas se hacían difíciles, más rampantes que por el día, con menos freno. El cochero reunía una contra otra las cabezas de sus caballos, enlazadas en un característico gesto hípico de no quererse, de juntarse a la fuerza, de besarse frente al abismo por la tiranía de las riendas.