¡Ah! Había llegado ese momento en que parece que se les viene encima el mundo a los caballos, todo el mundo empujándoles hacia abajo por la rampa de una cuesta.

Repiqueteaban los cascos sobre el tambor del mundo con tamborileo de muerte, de pánico, de espanto. Era el redoble de la ida a pique, del preámbulo al arrojo de ir a morir, de despeñarse, de resbalarse sobre el abismo. ¡Braceo último de los caballos desbocados, vertiginosos, de tupé desgreñado y fosco!

El cochero se puso en pie y el marino también, como capitán que en el último momento va a quitar el timón al timonel catastrófico. ¡Pero ya no hubo tiempo!

Los Caballos tuvieron un gesto de espanto máximo por que se vieron tronchados en el abismo, y el cochero cayó revuelto con ellos, mientras Palmyra gritaba agarrada a la capota, y el marino saltaba fuera del coche, agarrándose a un arbusto.

Por lo menos todo halló su fin pronto, es decir, todo hizo pie rápido en la catástrofe.

El capitán, a salvo en la greña del arbusto milagroso, se dió cuenta del caso, Palmyra no estaba muerta sino mal herida; el cochero estaba destrozado; un caballo estaba materialmente aplastado, pero el otro se había salvado en tan bestial aplastamiento.

Rápidamente se arrastró por la tierra Buenaventura y comenzó a bajar hasta la plazoleta de la catástrofe, final de la merienda de la muerte.

Bajaba como al fondo del mar convertido en buzo que busca a la mujer bella del naufragio. Sentía rebeldía contra aquel anochecido diáfano en que la catástrofe resultaba más inexplicable e injusta. En el fondo del mar hubiera resultado mejor, más blanda la caída, menos dolorosas las heridas.

El caballo vivo, espantado, pero prisionero, se hacía el muerto, tendido junto al otro para aplacar al destino.

Palmyra estaba desmayada, con ese desmayo de cuya sordera no se sabe cómo se ha de sacar a la que ha caído en él.