—¡Palmyra! ¡Palmyra!
El cochero, doblado como sólo se dobla el cuerpo con la muerte, tenía la folletinesca muerte de aquellos postillones a los que mataban los bandidos.
El marino buscó por los alrededores de aquellas cañadas la casa de socorro, el chalet en que organizar la angarilla para transportar a la herida.
En aquella cañada no había refugio.
En eso oyó un automóvil y salió al camino que daba allí su vuelta, un tramo más abajo—¡pero qué tramo!—del otro camino del que se había desgajado el coche.
—¡Eh! ¡Eh!—gritó al automóvil que zarpeaba el camino con sus ruedas de atrás.
El automóvil paró como si hubiese atropellado al que no había alcanzado aún.
—Hay una dama herida de gravedad, aquí cerca, y un cochero muerto... Un coche que se ha caído al abismo. Yo me he salvado por casualidad.
Saltaron del automóvil todos los ocupantes, dispuestos a recoger a las víctimas.
Buonaventura estaba satisfecho de presentar a una bella mujer, al mostrar a su desmayada Palmyra.