En efecto, todos sintieron simpatía por la bella desgraciada y sobre el largo almohadón desprendido del coche, desprendido en la merienda de la catástrofe, la llevaron al automóvil.

Todos comprobaron que el cochero estaba muerto; pero en atención al chauffeur lo trasladaron también al automóvil.

—¿A dónde?

—A la Quinta de Palmyra... Junto a Amarantes... Antes recogeremos al médico.

El automóvil partió tan raudo como en las carreras o como los automóviles de los bomberos que van a apagar el fuego.

Paró un momento en las afueras de Ardantes, en el Chalet Florido, donde recogieron al doctor y su botiquín, y por fin entraron en la Quinta, donde la cama amorosa de la alcoba, llena de altares y altarcitos, fué el primer consuelo de la herida, las primeras hilas en ancho engavillado.

XXVI
HERIDA HASTA EL ALMA

Palmyra estaba dentro del proceso lento de la curación de heridas.

Vivía desarraigada de todo, en su rincón de fiebre, vencida por los colores amarillos y el dolor agudo de la cura de la tarde.

Todo podía complicarse, pero la herida se portaba bien, tenía testarudez en estar abierta, pero no se gangrenaba, era fresca y se mantenía gozando su abertura.