Hasta que la llegase ese día en que de pronto se cierra como una boca que se frunce y se aprieta.
En aquel dolor de sus heridas sentía más viva la rebeldía contra el mundo y amaba con más delirio los consuelos de su Quinta custodiada por las palmeras, con auras de salud entre las hojas de sus árboles.
El marino no sabía consolarla. Se le acabaron sus palabras de consuelo desde el primer momento.
El sólo servía para el consuelo inminente y enérgico.
Estaba impaciente. Le irritaba aquella espera del doctor durante todo el día.
Era el doctor el hombre principal de los días y él se sentía relegado en ese aire de disecación que crea el olor de las medicinas para las heridas.
Los grandes frascos con tapón de cristal contenían la salud que hay esparcida en las tardes de primavera.
Ella parecía la embarazada de todos los días, en un parto interminable lleno de ayes que se estampaban en las paredes.
Buenaventura se sentía algo así como culpable de aquella herida y parecía burlarse de ella al no estar él también herido.
El médico mismo le miraba como a quien se ha escapado a las heridas que tuvo la obligación de hacerse en la catástrofe.