Los vuelos atados de las palmeras le incitaban a irse.

Si ellas no podían, él podía desprenderse, pues para eso no era un árbol.

Un día, aprovechando el optimismo del atardecer, después de haberse ido el doctor conforme en que iba mejor todo, la enferma embellecida por las pomadas y llena del agua de colonia de las lociones de la cura, Buenaventura la planteó su marcha:

—Esto es lento... No estás para pasiones... Mi deber me reclama.

Palmyra, empapada en la salsa de las heridas, sonrió.

Conocía aquella traición, pero aquella vez le pareció más innoble. Herida en aquella excursión, al ser la víctima ella sola, lo había sido por abnegación, como salvándole a él y dándose en holocausto a la tragedia...

Palmyra dijo irritada:

—Te pudiste haber ido antes de la excursión al Palacio Ruso... Así no me vería como ves...

El encontró en aquellas palabras la injusticia que combate a la injusticia en la vida. Contestó, sin embargo, para contenerla en los ataques:

—¿Es que me vas a echar a mí la culpa?