Palmyra lloraba contra la almohada, gran esponja de lágrimas.
—Yo volveré...
Palmyra se destapó airada y dijo:
—El que se va no vuelve... No pienses volver jamás... No serías recibido... ¡Querrías que fuese una albergadora de caminantes! No... No vuelvas.
Aquel dominio del atardecido de la Quinta la hacía fuerte y todo el silencio la secundaba y la contestaba como un coro.
No había hombre lo bastante discreto para entrar en aquella alcurnia de la vida. Todos eran perláticos, desmañados, orgullosos de su infidelidad.
¡Qué cosa burda y ambiciosa se despertaba en aquel hombre!
La rudeza del hombre, su negación inesperada, su creerse misionario de una misión de viajes, surgía en él.
«Otro que tal», se dijo ella.
¿Cómo decirles que no tenían que hacer sino estarse quietos y no ser ridículos? No comprendían. Su locovelocidad era estúpida.