Todos parecían ir a decir siempre:
—Dame el gabán y el sombrero para irme a cualquier parte.
Ninguno se sabía quedar. Todos tan sentimentales, tan grandes, tan talentudos, con tanto carácter; pero ninguno sabía quedarse, aquel quedarse en que no había ninguna renuncia.
Elle se sentía más sabia que ninguno al apreciar lo que era aquella Quinta al borde del mundo y despreciaba a todos los hombres como a ladrones que huyen después de robar. Hasta la había enfriado el deseo el verles quererse ir agarrándose de los árboles con velocidad de monos inquietos y foragidos.
La prueba de la soledad hacía grande a su Quinta como un templo abandonado.
Todos querían ser transeuntes en aceras de las siete de la noche en ciudades americanizadas.
La parecían, en vez de seres humanos con una idea de su latido en la tierra, lenguados para las piscinas de los escaparates de joyería, una mezcla de cosa y ser que la dejaba fría.
No existía el héroe, que sería el que soportase la Quinta y se amansase en su recinto. Todos eran tan insensatos que no podían comprender el mundo, todos tenían la infatuación de irlo a buscar para comprenderlo en medio de sus caminos.
La despedida fué violenta, seca, entregándole con indiferencia su mano como de gallina muy cocida por la fiebre y repitiéndole al oirle insistir que volvería, un «no vuelvas nunca» sin reservas.
Todos quisieran volver alguna vez, pero no lo consentiría ella. Allí, o se quedaba el que fuese o no la alternaban con sus olvidos y sus otras conquistas. El único castigo de todos sería el de no poder volver. Nunca más.