Las palmeras asomando por la gran ventana, decían: «No, no», como aseverando el estribillo de Palmyra: «¡No vuelvas nunca! No te recibiría».
«No, no», decían las palmeras removidas.
La consolaba verlas desde su lecho como coro leal de su negación a dar nueva posada al que se iba.
XXVII
SALIDA DE LA CONVALECENCIA
Pasó Palmyra el lóbrego pasadizo entre la vida y la muerte.
El infernillo de la fiebre ardió en su frente noche y día, buscando sus manos como un consuelo el frío mármol de la mesilla.
La vida como siempre que atisba, roza o huele la muerte, tuvo temblores y titiriteos blandísimos. Hubo momento en que creyó que había muerto, y sin embargo, era que retoñaba en ella la vida en la propia herida.
La melancolía la sentaba mejor.
Aquella belleza pulimentada que le había quedado era como estatua de fuente seca, pero cuya agua corrió mucho.
Echada en sus divanes, tenía aún brillos del amor de las aguas pasadas.