Ninguno de aquellos hombres vanidosos que imitaban al que tiene que hacer algo lejos, comprendía que allí el tiempo caía en el pozo que le correspondía, en vez de quedar desenterrado y vano como por donde iban.
La Quinta, temblorosa, hospedaba el fantasma del hombre imposible, con algo de mujer, pero sin irse por eso con los hombres, sino con las mujeres.
Nadie sabía quedarse allí para siempre y abonarse a todos los días, sin ansia viajera y sin espera del día siguiente.
Ese mamar del aire universal en el perdido balcón en que el aire es dulce, no lo comprendía nadie.
Sólo ella se asomaba a los balcones del día para amamantarse en las mamas del espacio.
Sólo ella sentía cómo el pezón de todo el espacio caía en su boca en pacífica suspensión y dedicación.
Todo recae sobre nosotros, todo tiene aquí su reflejo.
La había quedado un miedo especial a aquel palacio ruso, a aquellos ídolos de que se había reído y al hombre.
Salía nueva. Más embellecida, con el hueco que queda entre el lagrimal y la nariz más profundizado por el dedo del escultor que nunca deja de retocar las bellezas que sostiene en la vida.
Necesitaba el amor que no hace su maleta y se va, el amor que sabe agonizar detrás de las cortinas, en el fondo de lecho que hay en las habitaciones de la Quinta.