Todo tenía en la Quinta defensa de puerto con el que lucha el mar.
Las cadenas que sostenían las cortinas, rematadas por unas bolas tachueladas de estrellas aristadas, parecían grilletes de los que se habían escapado los presos.
Se sentía Palmyra en el fúnebre coche estufa que boga por los mares de la muerte, pero en el que el muerto se siente vivir.
«En estas soledades—pensaba Palmyra—se conversa con los reyes desengañados.»
Todo en la Quinta tenía aspecto de tocador de mujer. «¡La verdad es que todo esto se ha vuelto tan femenino! Los hombres necesitan irse a la guerra y a las ciudades».
Una idea antigua bullía en su mente y la recorría el cuerpo como una vergüenza mezclada de voluptuosidad.
Aquella paz, llena sólo de la sombra de los grandes navegantes y descubridores cansados y desdeñosos de sus descubrimientos, podría ser compartida sólo por otra mujer.
¿Pero qué mujer? No quería la abnegada tía, ni la que se convierte en brusca ama de llaves, ni la que viene a compartir sus suspiros y desea siempre una enfermedad que curar.
Necesitaba la amiga que sabe abrazar con abrazos que desean curar y curarse de todas las nostalgias.
Dió su primer té de recién curada, el té de las felicitaciones, como si fuese el día de su santo aquel primer día de presentarse compuesta en sus reuniones.