Lo preparó todo en el cuarto de los retratos, aquel cuarto nostálgico que por estar tan lleno de miniaturas y fotografías dentro de las coronas ovales de sus marcos tomaba su ámbito algo de cementerio.
Dieron las cinco de la tarde, aquella hora en punto que se la clavaba siempre como una espina.
Llegó doña Elisabeth con un tipo inglés en que bajo el aire rígido que conservaba, aparecía la hija del que fué zapatero desde el principio del mundo.
Don Mariano Guisasol apareció con aquel chaleco de seda brochado que parecía haber tenido viruelas y apretó su mano con tal fuerza, que se fatigó y se sentó exhausto a su lado. Estaba muy gastado el pobrecillo.
Don Vasco apareció más profesor de botánica que nunca. Era como el doctor que se tuvo desde la niñez y que es tan desinteresado que asiste a la fiesta de alegría; cuando su antiguo enfermo ha salido de una enfermedad gracias a otras manos.
Encontró en don Vasco al hombre de gafas perspicaces que se acerca a la mujer como si fuese un naturalista. Era como el tocólogo de gran experiencia que toca a la mujer poniéndola las manos en los sitios en que la queda un dolor rezagado.
La trataba como a una sirena y esto a ella la encantaba porque se sentía con la carne correosa y triste.
Aquella tarde, más patinoso que siempre, era el caballero de un antiguo sarao de la Quinta, un señor que estuvo hablando con su bellísima tía Adela, descotada y con los senos apretados, según aquella moda que los hacía redondos y amontonados alcores.
El pensar en aquel sarao en que quedó irrealizada la hazaña con su tía Adela, Palmyra aceptó las galanterías de don Vasco porque resultaban juveniles.
Para aquella reunión de viejos amigos estaba bien encendida la leña en la chimenea, aunque el día de invierno era como los más crudos de aquel paraje un día de primavera con escalofríos.