Frente a la chimenea un gran abanico de metal cubría el calor, dejando entrever su fuego a través de las varillas de su calado encaje.

Don Mariano Guisasol se apoyaba en las tenazas de los leños como en una gran tizona.

Se hablaba de la lumbre.

—Yo creo que los que queman ramaje en el campo lo hacen como cocineros que lo quisieran sazonar—decía don Vasco.

—¿Se han fijado en esos suspiros que lanza la leña y en los que sopla con soplo interior todo el leño?—decía Palmyra.

El humo de la leña les picaba a todos los ojos.

Todos como con el alma blanda echaban una lagrimita en honor de los leños consumidos.

La inglesa se limpiaba los ojos y las gafas constantemente. Parecía que habían despertado sus nostalgias las simplezas que acababa de decir.

—Ya tenemos todos lentes ahumados—dijo el viejo español.

La Quinta se sentía eterna, con gentes en su seno, con la alegría aprovechada, con el interior satisfecho, sintiéndose bailada por una mujer enmascarada con las grandes cortinas de raso de fuego y entre cuyos cabellos rutila el rocío de las arañas de cristal antiguo.