El té les esperaba en el salón del comedor en que los cuadros se habían matizado con todas las salsas.
Les daba bondad, benevolencia y suavidad, al darles su taza de té, que lanzaba la última rúbrica de humo.
Como siempre, cuando acababa de servir los tés, se decía: «Ya están aceitadas para un rato todas sus asperezas, sus impertinencias, sus secos silencios» y se sentaba muy alegre en medio de todos a seguir ese juego de prendas inesperado, que es conversar con gentes que están muy lejos del mundo.
Sus conversaciones eran una especie de «Memorias».
Llegó doña Manolita.
Se veía que todos la habían perdonado aquellos amancebamientos depurados por la herida.
—Estás muy macilenta—dijo algo agorera—. Después se apresuró a tomar su taza de té, que sorbía a cucharaditas, una tras otra, como quien cuenta todas las que tiene una taza y que, como ella decía, «era como lo tomaba de pequeña».
Doña Beatriz apareció con sus gafas de la resignación.
Se veía que sus dos antiguas pensionadas de té habían perdido la costumbre.
Avidamente tomó su té y mojó las pastas. En su mirada a Palmyra, parecía decir: «Déjeme ser su contertulia de todas las tardes. Con un té con pastas, viviré el resto de mi vida». Cerca de ella reposaba su bolsillo morisco en que estaba toda su fortuna.