La conversación parecía querer distraer a Palmyra de su convalecencia pasada y hablaban como si no se hubiesen separado de aquella tertulia hacía mucho tiempo.
Todos repetían el «decíamos ayer», pero todos, a una también, se dieron cuenta de que era hora de irse.
Ya estaban de pie, cuando entró Lucinda; era la única invitada juvenil que, aunque tarde, llegaba a darla unas manos en que no se notaban los huesos, como en todas las que iba estrechando en la despedida.
Un temblor, una correncia de sus sinobías escondidas la tremuleció al ver a Lucinda.
Era su amiga turbadora de antes, pero después de su enfermedad, se sentía más dominada por ella y la sentía nueva en su corazón. Era además impetuosa, dulce, apasionada en las confidencias. Seguramente se tenían que decir en el sofá que el hombre es tan brusco, tan falsario y tan despreciativo, que no merece la alucinación por sus otras excelencias.
Palmyra la dejó en un rincón mientras despedía a todos. Después se acercó a ella como quien dice «ya podemos hablar».
—¿Ya bien?
—Ya bien... ¿Y dónde has estado tanto tiempo?
Aquella pregunta sorprendió a Lucinda, como si Palmyra estuviese arrepentida de no haberla querido más antes, como si hubiera delirado con su nombre en las fiebres.
Las cosas se transforman y se aclaran en un momento, sólo en un momento.