—He estado en el Norte como en el fondo del mar por como ha llovido... He pensado mucho en ti...

Palmyra la apretaba las manos como queriendo decir algo que no podía decir. Lucinda, cansada de esas últimas declaraciones en una vida cansada que ya no quería despilfarrar su vida en los tés de la añagaza, veía en lo que Palmyra tanteaba, como ciega de su camino, la paz de la retirada.

Dos anclas se anclaban en aquellas manos y las dos comprobaban el satinado agradable y el calor para la noche de fiebre fría en que no bastan los calentadores de cobre bajo las sábanas rizadas sobre el fuego.

Palmyra, caída en su temor a sentirse de nuevo frente al mundo, llamando a los hombres con su pañuelo desde la más alta ventana de la Quinta, dijo a Lucinda:

—¿Vendrás muchas tardes?

—Las que quieras.

—Tú lees muy bien... Me acuerdo de tus recitados en las noches de frío del salón grande de Adela... Tráete libros, tus libros predilectos...

—Los traeré y te leeré... Estás en la segunda convalecencia... Se ve que tu alma se ha quedado asustada.

—Mucho... En el Palacio Ruso me señaló el destino, allí me parece como si me hubieran presentado a la muerte con mucho misterio y ceremonia...

—¿Los caballos galoparon al caer?