—Me parecían caballos de Neptuno que se lanzaban a un mundo submarino... Fué un momento terrible en que sus crines parecieron melenas de león... ¡Qué feroz carrera hacia la muerte!

—¿Y él?

—El no me acompañó, él se quedó como un mono colgado de unas ramas... Se desprende una del hombre en la desgracia sin arrancarse el corazón. Se ve que no nos puede acompañar a la muerte...

—¿Y después, qué hizo?

—«¡Fugio!»

—¿Y no has vuelto a saber de él?

—Sí... En cartas muy cumplidas... Pero no le quiero volver a ver... La Quinta no quiere más viajeros... Sólo mi jardín y estas habitaciones que son consuelo de mis ilusiones.

—¿Y a las buenas amigas como yo, dónde nos dejas?

—Es verdad... Tú... Sí—y se quedó con su mano en las manos.

Un reloj les sacó de su ensimismación.