Lucinda exclamó:
—¡Qué tarde! Volveré mañana—y se puso el sombrero sobre aquel pelo negro como lleno siempre de las aguas del peine.
Tenía algo de esclava en todo su porte e iba muy bien como pareja a la belleza larga, fina, con unos grandes ojos, de Palmyra.
—Adiós... Hasta mañana.
—Hasta mañana... Adiós.
Ya los chales de las dos mujeres se enlazarán en una visita eterna, como pegándosela a todos los hombres que creen inferior a la mujer y se lo sueltan en muchos momentos.
¡Qué replegadas en su blanda madriguera!
XXVIII
LUCINDA
Aquel despertar de Palmyra a la vida tuvo voracidad, pero voracidad contenida.
Se paseaba por su jardín como loca entre las palmeras que tenían el cogote muy afeitado, pues acababan de ser aseadas y se veían sus mechones sobrantes por el suelo.