Eran días de aire feroz, un aire que movía las palmeras como si fuesen penachos de caballos de coche fúnebre. El aire parecía quererse llevar todos los sombreretes de la tierra.
En aquel remanso portugués se sentía la vaguedad insaciable. En aquella última playa se acostaba el invierno, allí era el sitio en que los trenes tropiezan con los topes finales.
El gran conflicto la traía suspensa, trémula, unos ratos arrebatada y otros pálida.
Esperaba con efusión sospechosa a Lucinda.
Había tenido mucha fama de eso y tenía los ojos unidos de las serpientes con las pupilas muy abiertas de quien ha querido ver mucho las cosas que absorbió, las víctimas desangradas. Tenía también el gesto sospechoso de la serpiente que muerde en lo bajo y mira hacia lo alto para ver encima de ella el gesto de la mujer mordida.
Se la veía, sin embargo, ya cansada y deseosa de paz. Su voz que había sido más dura, tenía inflexiones silenciosas y sordas. La esperaba con incertidumbre y deseo. Necesitaba encumbrarse en espejos más cálidos que los espejos fríos.
Su pensamiento se entestarudaba cada vez más...
¿Pero y el gesto? ¿Cómo se realizaría el gesto que inicia el gran secreto?
Sí, sí; en el hombre no volvería a incurrir. Su último rencor para él era el de aquella larga curación en la mayor soledad.
Esa dulzura resignada de la mujer, esa cosa de niño que ha crecido, no merecía el trato brusco del hombre generalmente engreído y en pos siempre de una nueva aventura.