La maltrataba el gesto de cansancio que tomaba en seguida el conquistador. No podía el hombre llevar una mujer a cuestas como una mujer lleva a un hombre sin revolverse contra él. Se veía que iban impacientes siempre y comparándolas con las mujeres muy bellas, de los demás.

La inmovilidad de las cosas era contradecida aquella tarde por la constante movilidad y pasaje de las nubes.

Todo se iba un poco con las nubes que robaban intimidad a las casas y que se llevaban algo así como el tiempo del paisaje, dejando sin fondo vital la vida paisana.

«¡Qué importa quedarse si todo eso se va! ¡De qué vale que nos creamos inmóviles!», pensaba Palmyra asomada a los cristales y viendo pasar las nubes cinematográficas de aquella tarde.

La tarde pasaba y Lucinda no llegaba.

Asomada al balcón, no podía retener una idea ni casi retenerse a sí misma.

Las nubes, rápidas, la daban una melancolía de desangramiento y Palmyra las miraba con gesto de dolorosa.

Se veía en ellas más de bulto que de ningún modo el pasaje de todo.

Aún tan atraída por las nubes frente al cristal de la ventana, se retiró hacia el fondo de la habitación, como para no marearse de tristeza y desgana y la escarmentó más ver las nubes correr en el fondo del espejo de su tocador. «Eso sí que es más grave que todo, eso sí que es irresistible» y se retiró a otra habitación.

Por fin llegó Lucinda. Traía los libros de poesías que Palmyra la había pedido para pasar la tarde, libros de mujer, entre los que se destacaba el de la regia muerta, de Renée Vivien, la diosa de todas, la que volvía de la muerte con viva morbidez.