Se sentaron en el ancho diván de la habitación confidente.
Lucinda leía los versos de la muerta suspirante.
CHANSON
De ta robe à longs plis flottants
Ruissellent toutes les chimères,
Et tu m’apportes le printemps
Dans tes mains blondes et légères.
J’ai peur de ce frisson nacré
De tes frêles seins, je ne touche
Qu’en tremblant à ton corps sacré,
J’ai peur du charme de ta bouche.
Je me sens grandir jusqu’aux Dieux
Quand, sous mon orgueilleuse étreinte,
Le doux bleu meurtri de tes yeux
S’évanouit, fraicheur éteinte.
Mais quand, si blanche entre mes bras,
A mon cri d’amour qui se pâme
Tu souris et ne réponds pas,
Tes yeux fermés me glacent l’âme...
J’ai peur,—c’est le remords spectral
Que l’extase ne saurait taire,—
De t’avoir peut-être fait mal
D’une caresse involontaire.
Después siguió leyendo otro libro dedicado por una mujer a otra «...¡Ah! tu carne, bajo el agua y bajo mi carne, mi carne que busca todo lo que la huye y se la parece»... «Los cisnes turbados por nuestras rivales blancuras se aproximan y nuestros cuerpos se mezclan al «duvet» de sus alas»... «...y mis dedos pasarán sobre ti, con la obsesión deslizante de las ondas y mis dedos te harán sentir la insinuación ligera de las ondas. Y nuestros cuerpos tendrán el balanceo de los juncos sobre el agua; pues mis caricias saben el ritmo de las mareas».
Palmyra se sentía como nenufar de aquellos recitados cuyo camino se hacía para encontrar una sola flor.