«Yo la tenía sobre mi amor como una crucificada.»

Y como era una mujer la que hablaba de otra, la cruz era suave y sin tormentos y la crucifixión estaba llena de blanduras.

«Yo me acuerdo de las tardes rojas en que nos devorábamos, insaciablemente hambrientas, y nuestros besos se volvían asesinatos, y nuestras bocas entreabiertas, como heridas, tenían un gusto a sangre.»

Sentían un viejo consejo de otra como ellas: «Sé loca conmigo, pues la locura es la sabiduría de las tinieblas».

Después leía más versos de mujeres, versos de esas poetisas portuguesas dañadas por el mal insaciable y en los que se hablaba de «nesta agonía lenta do viver», de «nêgra dor espavorida», de «nêgra nostalgia», de «nêgros días ensombrados», «de «noites laurentas», de «un atardecer triste o doloroso», que «enrubescen o ceu», «de numa ancia desgrenhada», de los nervios «crispados por amarguras nas minhas noites perdidas», de perderse «na grande Escuridâo».

Lucinda acabó de recitar.

Palmyra se preguntaba: ¿pero y el gesto? ¿El primer gesto?

Una ternura de soledad y de atardecer largo las empujaba, pero hasta aquella misma mujer de fama perversa era tímida; comenzó su perversidad dejando caer el libro que guardaba entreabierto como un devocionario para encontrar con su cabeza al reclinarse para cogerlo el pecho de la amiga. Palmyra sintió en aquel tropezón una voluptuosidad extrema, sin engaño ni arrebato.

Muchas veces, en la necesidad de amansar los deseos locos de ternura de su cabeza, también ella había dejado caer a propósito un dedal, las tijeritas, un lápiz, así, en medio de una tertulia apiñada, para poder desvanecer un poco de la sed de ternura de su cabeza en un regazo ajeno.

¿Iba a ser una pasión espúrea la suya?