No. Iba a tener alguien que la acompañase con el mismo miedo y el mismo deseo. Necesitaba a quien confesar lo inconfesable, porque la pasión no es más que eso: compartir la misma confesión de deseo y hacer brotar por el roce el fuego mortal e instantáneo. El placer no puede dar una contestación, puede sólo emborrachar de preguntas o ensordecer la pregunta al reforzarse el preguntar.

«Ya sé que no es una concesión ni una realidad el amor—pensaba Palmyra—, pero es la posibilidad de preguntar, de exclamar, de pedir durante unos minutos cada día.»

Ese violento apretar los dientes del hombre ante la mujer que le cansa un poco, no se daría en la amiga.

Y en la hora del insomnio largo en que cualquier cosa calma, aquella mujer compartiría la pregunta incontestable, haciéndose cargo compasivamente de que a todos se asoma con igual desconsuelo.

XXIX
BIOMBO FINAL

Lucinda, deseosa de paz y holgura, se había quedado a vivir en la Quinta.

Las dos mujeres comprenderán mejor sus vejeces para las que al hombre sería siempre incomprensivo.

Entreveían la mañana con sus leches distintas y tenían vencida la necesidad complementaria.

En los primeros días bonancibles de su mezcla entrañable, se paseaban por aquella playa última del mundo europeo.

Entraban en la playa cuando el nublado del invierno había escampado.