Se veía el puente colgante del arco iris.

El sol rompía sus lápices al pastel de tanto como quería recalcar los colores.

La playa imitaba al desierto y para imitarlo más, un viento sur levantaba polvaredas de arena.

Toda ella revolaba como una vela y su sombrero era «corbeille» de los vientos.

Paradas ante la suave altamarea, que en vez de olas creaba fanales, se sentaban en la playa, que tan gran estuche de mujer es. Arreglaban la cama de la arena, y Lucinda se sentaba tan bien en la arena, luciendo con tal arrogancia su espléndido busto—en el que parecía estar su virilidad—que Palmyra la decía:

—Eres la amazona de la arena.

Brotaban las opiniones pueriles sin el temor que infunden los «¡qué tontería!» del hombre.

—Las conchas debían chuparse y saber a caramelo fino... Sobre todo esas que parecen un rizo de berlangot—decía Palmyra.

Cuando llevaban media tarde en la playa pasaba una ráfaga de abandono por sus imaginaciones.

A las dos, como a todas, se las habían escapado los hombres. Hasta el que se había ido a la muerte parecía haberse escapado también.